Delito de odio.


Delito de odio.


A raíz del articulo que escribí ayer sobre el juez Pedraz y el caso Zapata, he querido profundizar en eso que ahora se ha dado en llamar delito de odio, y mucho cuidado, porque el propio nombre ya resulta inquietante dado que lo que criminaliza en sí es el sentimiento de odio y no necesariamente sus manifestaciones más violentas. Intentaré explicarme.

Delito de odio, absurdo por definición... crímenes de pensamiento

#delito de odio
El delito de odio es un absurdo legislativo
Es evidente que muchos crímenes de género son en realidad causados por el odio, el odio del marido hacia su mujer [puede ser a la inversa aunque no está publicitado ni está bien visto hablar de ello porque se entra en el terreno pantanoso del machismo y de la misoginia, en especial si quien lo escribe es un hombre] que la acaba matando porque la odia, pero eso lo convierte en asesino o en uxoricida y entraría dentro de la estadística de violencia de género, no de delito de odio, pese a que el odio hubiese sido la causa manifiestamente probable del crimen.
He empezado haciendo ese matiz porque eso era precisamente lo que quería resaltar. El odio (cosa mala, desde luego) puede derivar en la consumación de cualquier tipo de delito, pero cada delito deberá ser juzgado (y catalogado) en función de lo que es. Si odias las papeleras y te dedicas a destruirlas no te acusarán de delito de odio, en todo caso habrá que juzgarte por desperfectos del mobiliario urbano o por alterar la tranquilidad de los vecinos, nunca por odiar a las papeleras.
Pues eso, el mero concepto de delito de odio es absurdo porque, o ya están catalogados en el código penal las consecuencias del odio, o es que no son delito. Definir un delito de odio es como pretender definir un delito de pensamientos obscenos. No podemos penalizar los sentimientos... ni los pensamientos, o nos acercamos demasiado a lo que, hasta ahora, era ciencia ficción.
He encontrado en la wikipedia lo siguiente:
[box type="info"] «La Corte Suprema de los Estados Unidos encontró por unanimidad que el caso R. A. V. v. City of St. Paul equivale a una discriminación basada en el punto de vista que entra en conflicto con los derechos de libertad de expresión, ya que de forma selectiva había criminalizado el discurso motivados por el prejuicio del habla o el lenguaje simbólico de temas desfavorecidos, al tiempo que permite utilizar ese mismo discurso para otros temas. Muchos críticos más aseguran que los crímenes de odio entran en conflicto con un derecho más fundamental: el libre pensamiento. La reclamación es que la legislación de crimen de odio efectivamente hace cierta ideas o creencias, incluidas las religiosas, ilegales, es decir, crímenes de pensamiento.»[/box]
Si trasladamos el supuesto delito de odio a cualquier manifestación del pensamiento como puede ser contar un chiste de mal gusto, estamos haciendo el ridículo más espantoso, y con nuestra forma de actuar estamos promoviendo en nuestra sociedad que se nos asfixie con prohibiciones; parece que lo estemos pidiendo a gritos sin darnos cuenta de que eso va cerrando el círculo cada vez más a nuestro alrededor, dejándonos sin posibilidad de expresarnos.
El otro día estuve discutiendo con un amigo mío el hecho de que negar el Holocausto fuese considerado delito en algunos lugares. Una cosa así implica que un escritor no pueda escribir un libro sobre ese tema (ni siquiera siendo de ficción) en el que se plantee que el Holocausto fue un montaje publicitario de los judíos o cualquier otra teoría alternativa (sea absurda o no). ¿Somos capaces de ver lo que eso supone y hasta dónde puede llegar si los dejamos avanzar en esa dirección? Hay muchas teorías de que el hombre no ha pisado nunca la luna, ¿también prohibirán que se hable de eso? ¿O del asesinato de JFK? No podemos permitir tal cosa, el pensamiento (y la expresión del mismo) no puede estar limitado por las leyes, y si alguien muestra su odio dibujando una viñeta o contando un chiste de mal gusto, no se le puede criminalizar por ello.
Seamos coherentes de una puñetera vez.

Ramón Cerdá