«La Biblia, que es un libro muy interesante y a
veces muy profundo cuando se lo considera como una de las más antiguas
manifestaciones de la sabiduría y de la fantasía humanas que han llegado hasta
nosotros, expresa esta verdad de una manera muy ingenua en su mito del pecado
original. Jehová, que de todos los buenos dioses que han sido adorados por los
hombres es ciertamente el más envidioso, el más vanidoso, el más feroz, el más
injusto, el más sanguinario, el más déspota y el más enemigo de la dignidad y de
la libertad humanas, que creó a Adán y a Eva por no sé qué capricho (sin duda
para engañar su hastío, que debía de ser terrible en su eternamente egoísta
soledad, o para procurarse nuevos esclavos), había puesto generosamente a su
disposición toda la Tierra, con todos sus frutos y todos los animales, y no
había puesto a ese goce completo más que un límite. Les había prohibido
expresamente que tocaran los frutos del árbol de la ciencia. Quería que el
hombre, privado de toda conciencia de sí mismo, permaneciese un eterno animal,
siempre de cuatro patas ante el dios eterno, su creador y su amo. Pero he aquí
que llega Satanás, el eterno rebelde, el primer librepensador y el emancipador
de los mundos. Avergüenza al hombre de su ignorancia y de su obediencia
animales; lo emancipa e imprime sobre su frente el sello de la libertad y de la
humanidad, impulsándolo a desobedecer y a comer del fruto de la
ciencia».
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