Partiendo almendras y nueces
Me he referido en
múltiples de mis artículos, que “el mejor libro a estudiar, es la observación de
la Naturaleza”; pienso que en sus enseñanzas están todas las que el ser humano
necesita para... sino vivir feliz (la felicidad no existe en este planeta) sí,
al menos, para conseguir un estado de bienestar, paz y sosiego infinitamente
mucho mejores, que el que nos ha traído el brutal progreso material que se nos
ha echado encima y sin estar preparados para “digerirlo”, la inmensa (creo que
la totalidad) de los pobladores del mismo, puesto que de este y en gran medida,
parten todas las consecuencias que hoy soporta una humanidad no
adaptada.
De ahí
que muchos, ya hastiados “de tanto progreso”, estén volviendo al medio natural,
como un retorno que para mí, tiene una gran explicación y sentido, ya que el ser
humano, “somos un ser natural y no cibernético o electrónico”.
En este mes de
agosto (y como suelo hacer hace muchos años) suelo dedicar muchas horas, si bien
espaciadas (puesto que el trabajo es cansino) a simplemente partir almendras y
nueces; puesto que de ambos frutos secos, cosecho “un par de cubos en total”; si
bien las nueces en su mayor parte me las facilita mi yerno Juan Pablo, que en su
huerta posee varios nogales... las almendras son “de mi
cosecha”.
En
esta labor me someto a un ejercicio de paciencia que es notable, puesto que
partir una almendra o una nuez de nogal (o noguera) no es cosa tan fácil como a
primera vista pudiera parecer; puesto que el golpe (o golpes) que des sobre
la cáscara del fruto (la almendra tiene dos) ha de ser certero, ya que si no la
aplastas, rompes el fruto y muchas veces, lo “espachurras” (despachurras) y se
pierde mezclado con la cáscara.
Aún
cuando me preparé “un yunque” (un grueso canto rodado cogido del río) y un
martillo apropiado (ligero)... aún “espachurro algunos frutos” y pese a los años
de practicar, para obtener no más de doscientos gramos de pepitas de almendra o
de las cuatro porciones que conforman la nuez (que en su forma se parece al
cerebro humano)... tardo más de una hora u hora y media; de ahí que afirmara lo
de la paciencia puesta a prueba.
Pero
hay más... y es una de las máximas enseñanzas que he aprendido en esta labor “de
campesino” y es la siguiente.
Donde
realizo esta labor (en el pretil de la piscina y sentado en un incómodo taburete
de plástico) voy colocando el fruto en una bolsitas y las cáscaras en un cubo de
plástico... cuando surge el “espachurrado”, en vez de tirarlo todo
al recipiente de las cáscaras, separo “lo aplastado” y lo dejo caer al lado de
donde estoy y a la distancia donde llega mi mano izquierda... ¿por qué?... Hace
años que lo observé y por pura casualidad, ya que son “muy diminutas”... son
pequeñísimas hormigas, que cerca de allí tienen su hormiguero y pegado a la
piscina... y entonces y por cuanto debieron “oler”, algunas partículas de
aquellos frutos, pude ver que acudían en multitud y se los iban llevando todos
hacia las bocas del hormiguero; los minúsculos trocitos individualmente y los
mayores con esa cooperación y unión de fuerzas con que trabajan las hormigas. Su
trabajo duraba mucho más que el mío, y yo las dejaba hacer observando de vez en
cuando y volviendo al día siguiente, para comprobar que no quedaba ni la más
mínima “pizca”, donde antes estaban aquellas porciones... desde entonces, les
echo esas partes aplastadas y a las que me he referido.
Como
estoy frente al agua de la piscina, observo que ésta siempre está en movimiento
y aún cuando la depuradora no funcione... lentamente y en un sentido u en otro,
“las corrientes” del agua (al igual que ocurre en el mar, lagos o lagunas y
embalses o pantanos artificiales) discurren con lentitud pero imparables. Las
mismas arrastran algún insecto, alguna pluma de ave y muchas más pequeñas cosas,
que livianas flotan y navegan sobre las aguas.
Al
pasar cerca de mí, esos insectos que flotan o plumas, las recojo con la malla
que tengo para limpiar de todo ello la piscina; y con cuidado, se las voy
poniendo igualmente a... “mis vecinas las hormigas”; las que al igual que hacen
con las partículas de almendra o nuez, hacen con las pequeñas plumas de ave y
los insectos ahogados en el agua... “todo lo aprovechan y todo va para el
hormiguero”... hormiguero que desaparecerá sobre el mes de octubre y luego
volverá a aparecer bien entrada la primavera.
¿Enseñanzas que recojo? Una; que todo lo aprovecha la Madre Naturaleza;
en cualquier lugar que surja algo aprovechable, aparecerá el aprovechador animal
que lo recoge y lo hace desaparecer; lo he observado y ensayado en múltiples
rincones de mi parcela de campo. Y dos... “que todo está en movimiento”, como me
lo demuestra mi no grande piscina (10X5 metros y una capacidad de 75/80.000
litros de agua); o sea y condensando aún más... “que todo parece ser que está
previsto, controlado, ordenado y que nosotros somos, sólo eso... unos
observadores (no muchos) que apenas sabemos el qué y el por qué de todas estas
maravillas”. Las hormigas, sí que saben lo que tienen que hacer y lo hacen con
toda “escrupulosidad y diligencia”.
El
campo enseña mucho... muchísimo... y sobre todo, a valorar la enorme labor de
obtener alimentos; que no es cosa fácil... ¡¡Ni mucho menos!! Más aún si lo que
obtienes lo quieres obtener de forma artesanal. Por ello cuando consigo algún
alimento cultivado por mí y por “malo que sea” (yo soy un campesino fracasado)
lo como y me sabe a gloria.
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