LA MALA EDUCACIÓN DE ALGUNOS JUECES

juez cabreado



Hace poco un comentarista del blog se lamentaba de que actuando en un juicio oral en su condición de abogado, el juez le impidió proseguir su alegato en la vista oral de forma brusca, con malos modos, sin dejarle explicarse y lo que era mas doloroso, sin darle explicaciones a su vez de tan cortante actitud judicial que se sostenía solamente en la autoridad del cargo convertida en órdenes de tono elevado; en esa situación, el abogado señalaba que a duras penas pudo formular su queja a efectos de posibles recursos, sometido al semblante irritado del juez y que anunciaba la que sería sentencia desestimatoria.

Puesto que he conocido ambos lados de la barrera judicial puedo decir que las togas, ni las de los abogados ni las de los jueces, proporcionan educación o cortesía forense. Va con cada uno, y eso no lo da ni la Facultad de Derecho ni la Escuela Judicial.

Sin embargo, en el caso de los jueces resulta especialmente reprochable:

  • Porque la serenidad y compostura cumple servicio a la imagen de imparcialidad.
  • Porque no debe abusarse de la situación de prevalencia, en tanto tiene la llave para resolver el litigio, sin que las puñetas sirvan de “licencia” para reñir, farfullar o ser desconsiderado.
  • Porque el abogado cuenta con el factor de la presión de luchar por los intereses de su cliente en esa vista oral, en una especie de “ahora o nunca”, de jugárselo todo porque es un procedimiento rápido y marcado por el hachazo de la preclusión. De ahí que el abogado cuenta con legítimos atenuantes para incurrir en el vicio de la extensión expositiva, el alegato machacón o la propuesta de pruebas desmesuradas por inútiles, y que deberían provocar el sereno freno judicial pero no la reprimenda o grito fulminante.

Dicho esto, es cierto que la inmensa mayoría de los jueces cumplen con las previsiones de contención, paciencia y flexibilidad ante los desafueros expresivos o estratégicos de los abogados, quienes también es cierto que mayoritariamente son corteses y elegantes en el foro. Y eso pese a que como ya  comenté que en el curso de una vista oral, hay cosas que irritan a los jueces, pero también hay cosas que irritan a los abogados, aunque insisto, ambos realizan un ejercicio de sana contención y por eso son llamativos los puntualísimos encontronazos.

Sin embargo, las ovejas negras se reparten democráticamente y las hay tanto en el papel de jueces como de abogados, y resultan muy incómodas las situaciones de enfrentamiento o conflicto entre juez y abogado a la vista de un tercero (quien salvo maliciosos que se frotan las manos por el desencuentro del “enemigo”, suele desear que escampe la tormenta pues ha venido a jugar limpio en una Sala de justicia y no en una taberna del puerto).

Por eso me parece oportuno traer a colación un artículo que la Revista Deliberación me publicó el año pasado (Marzo, nº5, 2015), y cuya difusión se limitó al ámbito judicial, pero que pudiera ser de interés para el común de los juristas, y especialmente los abogados, al exponer las claves de lo que a mi juicio debería ser la misión del juez: ser respetado y no temido. El juez es un portero que debe parar balones y no insultar ni zancadillear a los jugadores. Aquí tenéis el artículo con estilo periodístico, titulado La soledad del juez ante la vista oral.
PREMO NACIONAL DE FOTOGRAFÍA 2004, MASATS
PREMO NACIONAL DE FOTOGRAFÍA 2004, MASATS