A don Juan Carlos se le agotó el crédito: ¿es la hora de Felipe VI?
S. McCoy
Decía hace poco una persona cercana a Su Majestad, ante las distintas informaciones publicadas sobre el Caso Urdangarín, que los tres pilares sobre los que se sustenta España son su posición geoestratégica, su idioma y el Rey. Más allá de que tuviera o no razón dicho interlocutor, se puede afirmar sin rubor que ya no: don Juan Carlos se ha auto excluido de la enumeración por deméritos propios. El viaje de esta semana puede ser la gota que colme el vaso. Es de una torpeza tal que solo caben dos opciones: o ha perdido de forma preocupante el sentido de la realidad o, simple y llanamente, los asuntos de nuestro país le importan poco ya. Sea por una causa o por la otra, lo que queda claro es que su continuidad en el cargo es más susceptible que nunca de ser discutida: no parece estar capacitado para mantener la condición de primera institución del estado aquel que ha dejado al margen, de manera tan notoria, las responsabilidades asociadas al rol que desempeña. Es hora de poner abiertamente el debate sobre su figura encima de la mesa.
Corría a principios de año por los mentideros de la capital la idea, inmediatamente desechada por absurda por el círculo de la Casa Real, de que don Juan Carlos quería quitarse de en medio y vivir fuera de las responsabilidades públicas la mucha o poca vida que le quede por delante, Dios salve al Rey. Puede que ya tengamos la certeza. En el peor momento económico de nuestra historia contemporánea, con la soberanía que él se debería encargar de salvaguardar amenazada directamente por la acción de un gobierno foráneo -caso de Argentina- e indirectamente por la evolución de los mercados -manos arriba, la bolsa o la prima-, sabemos quesu prioridad ha sido irse a cazar elefantes a Botswana y que no han sido los acontecimientos nacionales sino una caída inoportuna la que le ha traído de vuelta a nuestro territorio donde se encuentra con un nieto hospitalizado –¿dónde queda su corazón?- y una autonomía nacional en peligro –¿ya no ejerce la razón?-. Por cierto, sería bueno saber quién ha pagado el viaje y quién le acompañaba.
Es indiscutible el esencial papel jugado por el monarca en los primeros años de la breve historia democrática española. Sin embargo, el crédito acumulado entonces se ha agotado de manera súbita. Da la sensación de que con la edad hemos ido ganando un empresario y perdiendo un soberano, si nos atenemos a ese misterioso viaje previo en solitario a Kuwait sin acompañamiento público del que nadie en Zarzuela ha sabido dar cumplida explicación y que vuelve a unir al Borbón con el petróleo, esa pringosa materia prima que mancha todo lo que toca. En su ausencia, que no se limita a los últimos siete días, muchas han sido las voces que reclamaban, visto el curso de las cosas, un pacto entre las principales fuerzas políticas que trasladara al exterior un mínimo mensaje de unidad ante la crisis, como vía de emergencia para salvar lo que queda de esa nave llamada España.Hubieran bastado un par de llamadas a PP y PSOE del que debía encarnar, ante tanta miseria parlamentaria, el papel de estadista. No se produjeron por falta de comparecencia del titular. Vaya.
De poco ha servido la campaña de comunicación que le han montado en las últimas semanas, intentando recuperar su figura con base en intervenciones que, a los ojos de las nuevas generaciones, suenan ancestrales. Su juicio no es sobre lo que ha sido, sino sobre lo que es, sobre lo que el Rey Juan Carlos representa en la actualidad. Y ahí sus silencios clamorosos y sus actos irresponsables son caldo de cultivo para el desapego ciudadano hacia la institución que lidera. El declive es evidente. Es momento de un replanteamiento si se quiere salvar la propia monarquía. Alguno podrá argumentar que lo último que necesita España ahora un factor adicional de inestabilidad. Estoy en absoluto desacuerdo. Se ha escrito mucho pero merece la pena recordarlo: la crisis, si no conduce a la catarsis, se convierte las más de las veces en una ocasión perdida. Cuestionar no es malo si el fin es la mejora. Condescender con el error es lo que termina matando a cualquier sociedad. Quien no aspira a la excelencia se entierra en su mediocridad. La Corona no es, no debe ser, una excepción como está siendo, de momento, el estatus de nuestros gobernantes. No incurramos en el mismo error. Si no ponemos el país patas arriba, otros lo harán por nosotros. Y ahí sí, necesitamos una figura de enjundia que nos entronque con el futuro, que sea aglutinador y promotor, que tire del carro como figura indiscutible. ¿Sus iniciales son JC o ha llegado el tiempo de Felipe VI?Su turno.
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